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Geüpload 14 januari 2016

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nabij Puente Nacional, Santander (Republic of Colombia)

Salgo cuando los rayos del sol más fuertes del día, comienzan a azotar con más fuerza. las once de la mañana no es buena hora para comenzar un viaje en bicicleta y menos si supera los cien kilómetros y en pleno verano, pero debía llegar y arrancarme la frustración de un viaje que no se ha dado al oriente de mi país. Con una perfecta insolación luego de abandonar Santander, trato de continuar, reanimando mi alma con el aroma de los cultivos de caña y los trapiches seductores, mientras cada pedalazo era una real tortura.

Sin más que un mute de mazorca disfrutado en Santana, junto a una amable familia que me permitió sentarme en su mesa y un litro de agua por cada 20 km logro superar el ascenso luego del río Suarez. Me enfurece viajar por carretera principal, cuando cada diez metros veo una botella plástica de ese veneno llamado "muere cien", arrojado por ese tráfico incesante de un puente festivo, recordando el viaje a Medellín donde la monotonía y tristeza de ver esas botellas verdes en el suelo, deprimía y me recordaba mi poca capacidad para recoger y llevar lejos estos plásticos tan desagradables. El ser humano no merece esta tierra, es lo que pienso y otras cosas como esta, cuando confirmo que yo también he arrojado basura alguna vez.

Un aroma me seduce y lo sigo, hasta ver a lo lejos una gran chimenea que paralelo a un sonido maquinario, me atrae y resulto en un trapiche mordiendo la caña más dulce y reconfortante de mi vida. He tomado fuerzas para incluso subir las cuestas parado en los pedales, luego que casi en Santana no podía ni respirar. Ese dulce en el paladar es mágico y resucita el espíritu.

Cuando veo un guayabal lleno de frutas, me abalanzo sobre ellas y como lo más que pueda, recuperando esa alegría de viajar, de llegar a un objetivo y mi ánimo sube aún más cuando veo en un horizonte adornado por las coloradas pintas del ocaso a Oiba, donde disfruto de una cena en un maravilloso restaurante muy humilde pero de sazón muy sabrosa, llamado Nueva York, con 72 kilómetros a la espalda. La noche cae y me permite ver los alumbrados de la navidad que dan contorno a la iglesia, mientras reparo algunos problemas en el parque, escucho la misa y disfruto respondiendo las preguntas de niños y adultos curiosos, de un "de dónde vengo y para dónde voy". Paso casi dos horas en Oiba y me animo a continuar en medio de la noche, al segundo ascenso más duro de toda la ruta, hasta el desvío de un pueblito llamado Guapotá.

Pedalear en la noche es sinónimo de cambiar el disfrute del paisaje por el de ir rápido y no sufrir con el astro rey y recordé cuando atravieso el Cesar, en casi trescientos kilómetros de noches de pedaleo placenteras. Al llegar al Socorro ni me doy por enterado, viendo las luces a su entrada como estrellas que cayeron del suelo en desorden y le atravieso sin ninguna venia, sin asombro, sino más bien con el ánimo de pronto llegar.


Cuando termino de quejarme porque el destino final no aparecía, recibo de nuevo sus palabras de aliento, de intención para que no me preocupe más por la hora de llegada y el ánimo de este viaje para al fin conocerle y poder compartir aunque sea un corto día. Ella solo me animaba, aunque su ubicación no era en San Gil, sino dos kilómetros más hacia el este, a las afueras, con el arrullo del río Fonce, donde llego por fin en el marco de la media noche.

Justo antes de llegar, veo un pequeño restaurante de comida italiana y al preguntar al dueño por el hotel, siendo el lugar a donde vive mi anfitriona, me ofrece dos porciones de verdadera pizza italiana, con el argumento que no desean que esa comida se pierda pues para el siguiente día prefieren no dejar nada y vender todo fresco. Me sentía seguro que lo que bien comienza bien termina y así termina siendo este viaje, dulce y picante como el sabor de una pizza italiana verdadera.

Cuando llego y me presento, estaba tan animado y feliz por hablar con ella, que nos dormimos hasta las dos de la madrugada y al otro día nos fuimos a recorrer San Gil, en las bravas tierras de Santander. La mañana se volvió más agradable cuando al caminar nos reíamos por la amistad que comenzaba, todo lo que en común une a dos personas, como el rugby, la música y algunas afinidades como los viajes. Ascendemos por las calles escalonadas y se nos olvida qué es la sed con un par de buenas y lejanas cervezas, ella evocando la sidra británica y yo una BBC negra, mientras recordaba que la última vez que disfruté una, fue gracias a mi madre, quien nunca jamás se borra de mi mente, por fortuna.

Mientras me alegraba de no quedarme en la cárcel de la rutina, me agradaba cuando la escucho decir: "Amigo, no nos encontramos en Londres pero sí en St Giles".
Comer como en casa

5 commentaren

  • Foto van Oscar Upegui

    Oscar Upegui 3-jan-2018

    Una ruta más que merece muy buenas valoraciones, gracias compañero por compartir este buen trazado, acompañado de unas bonitas fotos y una muy buena crónica.

  • Foto van diegono

    diegono 14-mei-2019

    Con esas fotos de San Gil dan muchas mas ganas de conocerlo. Veo que tu tierra tiene unos lugares muy bonitos cargados de grandes historias

  • Foto van DXMARIUS

    DXMARIUS 14-mei-2019

    Anímese no más y cuando podamos, hacemos un reconocimiento por estos lugares.

  • Foto van diegono

    diegono 14-mei-2019

    Crealo que si lo tengo en mente me gustaría hacer una ruta por esos lares y luego hacer la que baja a los llanos

  • Foto van DXMARIUS

    DXMARIUS 14-mei-2019

    Fantástico, son muy buenas rutas que ya he hecho yo ala. Cualquier cosa le estoy avisando de cuando vaya a ver si también se nos une Oscar m, Lili y todos los amigos de allá de Wikiloc